PALERMO, PUNTO DE ENCUENTRO
DE CULTURAS ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE
Palermo es la capital de Sicilia y la quinta ciudad
de Italia (660.460 habitantes, pero más de un millón, considerando el hinterland).
Situada en el centro del Mediterráneo, cuna de las civilizaciones
más antiguas, la ciudad ha sido siempre punto de encuentro de
culturas entre Oriente y Occidente. Lugar estratégico de paso,
privilegiado para mercantes y comerciantes, meta de pueblos, de razas,
idiomas y religiones distintas, Palermo ha cautivado visitantes y extranjeros
por su felicísima posición, la suavidad de su clima y la
belleza de sus parajes. Se debe también a esto que hayan sido
innumerables, en el curso de los siglos, las dominaciones soportadas.
No son muchas en el mundo las ciudades que, como Palermo, han conservado
tantos testimonios de la cultura de los conquistadores: desde los Romanos
a los Bizantinos, de los Árabes a los Normandos desde los Suebos
hasta los Franceses, desde los Españoles hasta los Austriacos
todos han dejado huella inconfundible de su permanencia; y se trata casi
siempre de testimonios de importancia extraordinaria, puesto que la convergencia
de formas y estilos, desde el Norte de Europa hasta África, desde
la Edad Media hasta el Barroco, a menudo ha sugerido creaciones artísticas,
arquitectónicas y decorativas de extremada originalidad.
Otra peculiaridad de Palermo es esta: a pesar
de la mezcla de culturas, sin embargo la ciudad ha conservado su identidad.
Identidad de ciudad
capital, que en todo momento ha sabido conjugar bien lo mejor de las
demás gentes con su propia vocación de libertad.
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Los orígenes de Palermo se remontan, según los historiadores,
entre los siglos VIII y VII a. C., en la época de la colonización
fenicia. Pero anteriormente el lugar – puesto al margen de un amplio
y fértil valle abundante de agua – había sido frecuentado
por los Sicanos (procedentes del sur de Italia, o tal vez de España)
en el tercer milenio, por los Cretenses en la segunda mitad del segundo
milenio, por los Elimi (procedentes según la tradición
de la destruida Troya) alrededor del siglo XII a. C. y por los Griegos
en el siglo VIII. Su nombre es precisamente griego y quiere decir “todo
puerto” (pa~? ??µ??), debido a la facilidad de acceso por
el mar.
Dos ríos, los que luego llamaron Papireto y Kemonia, formaban
una pequeña península larga casi un kilómetro, donde
surgió el primer núcleo de la ciudad (Paleopolis) y que
se encontraba en la zona del actual Palacio Real; alrededor del IV siglo
a. C. se fortificó todo el territorio entre los dos ríos
(Neapolis). El centro comercial fenicio - cartaginés, después
de un fallido ataque del siracusano Dionisio I en el siglo V a. C., fue
uno de los ejes de la contienda entre Roma y Cartago en la época
de las guerras púnicas.
Conquistada por los Romanos en el año 254 a. C., Palermo vive
libre, florece y mantiene por largo tiempo una vida activísima.
En la mitad del siglo V d. C. durante las invasiones barbáricas
en Italia y en Sicilia es sometida a saqueo por los Vándalos y
ocupada por los Ostrogodos; hasta que con la hazaña de Belisario,
cae bajo la influencia del imperio bizantino: un periodo de casi tres
siglos (538-831) de relativa tranquilidad en la que la iglesia reafirma
su autoridad.
Después de incursiones de los piratas berberiscos en 831 la expansión árabe
interesa en buena parte Sicilia y Palermo adquiere un papel de gran prestigio
en todo el Mediterráneo. Acoge extranjeros de todas partes, multiplica
su número de habitantes (alcanzando las 300.000 almas), desarrolla
industrias y comercios (los mercaderes genoveses, amalfitanos, pisanos
y venecianos abren ahí sus almacenes) se convierte en centro cultural
de principal importancia (la cultura árabe dominaba en Europa)
se construyen centenares de mezquitas, palacios y jardines; recibe un
arreglo urbanístico nuevo, que dura sin cambio casi un milenio.
Se describe por los geógrafos y se canta por los poetas. Se llama
ziz “espléndida” y atraviesa una época de riqueza
que probablemente no volverá a alcanzar nunca más.
El golpe final a la decadencia político-militar musulmana es
la llegada de los Normandos, joven pueblo del Norte de Francia: en 1072
el Gran Conde Ruggero d’Altavilla y su primo Roberto il Guiscardo,
toman Palermo después de cinco meses de sitio, y en los años
sucesivos conquistan la Sicilia entera. Los nuevos dominadores cultivan
las artes y el comercio y establecen un régimen feudal. El hijo
del Gran Conde, Ruggero II, en 1130 fue coronado rey de Sicilia, con
el consentimiento del Papa. Los Normandos – como por otra parte
los Árabes – tienen el acierto de mantener buenas relaciones
con los vencidos; además, conscientes de la superioridad cultural
se sirven de arquitectos y artesanos árabes (también bizantinos)
para los palacios, las iglesias que construyeron en lugar de las mezquitas
y las suntuosas decoraciones; nacen obras de absoluta maestría
como la Capilla Palatina y el Duomo de Monreale; y además la Zisa,
la Cuba, el castillo de Maredolce, en la parte interior del inmenso parque
del Genoardo.
Palermo continúa floreciendo y siendo famosa, pero cuando la
monarquía normanda se debilita, la nobleza feudal empieza a menoscabar
su autoridad. La monarquía normanda, sin herederos directos, queda
desplazada por el Sacro Romano Imperio, de nacionalidad germánica;
Arrigo VI, hijo de Federico Barabaroja, se casa con Costanza d’ Altavilla,
hija de Ruggero II y se adueña de Sicilia. El nuevo emperador
es Federico II de Suebia, quien alcanza su mayoría en la refinada
corte palermitana, donde acuden los espíritus más ilustrados
de su época y dando vida a la escuela poética siciliana,
de la que nacerá la lengua italiana. Federico restaura el imperio
germánico, lucha contra el Papa, mantiene a raya a los nobles
sicilianos; pero a su muerte, en 1250, Palermo y toda la isla pierden
el papel hegemónico que tenían en el Mediterráneo.
Llamado a Sicilia por el Papa, Carlos de Anjou
establece un régimen
opresor y traslada a Nápoles el centro del poder. En 1282 el pueblo
de Palermo se rebela, ahuyenta a los franceses, dando comienzo a la guerra
del Vespro, que durará veinte años. Entretanto la nobleza
pide apoyo a los fuertes monarcas de Aragón. Sicilia entra cada
vez más en la esfera española, primero solamente como reino
vasallo, mientras que las grandes familias feudales aprovechando la ausencia
de la dinastía de Aragón, luchan entre ellas. Es un periodo
de anarquía y de decadencia, durante el que decae el comercio
del Mediterráneo. Palermo queda en manos de los Chiaramonte, quienes
se enfrentan con la nobleza catalana y el poder de los reyes, y sufre
una profunda decadencia social y económica.
Sofocadas por los aragoneses las rebeliones de
los barones, en 1415 llega a Sicilia el primer virrey español, desde cuyo momento y
durante tres siglos, la isla gozará de una calma relativa. Palermo
es la capital del gobierno del virrey, que destina cifras enormes para
renovar la ciudad, asistiendo a un gran desarrollo urbanístico
y monumental, que le cambia sensiblemente el aspecto: se amplían
y se refuerzan las murallas, se alarga el Cassaro (el actual Corso Vittorio
Emanuele) hasta el mar, se seca el río Papireto, se amplía
el puerto, se mejoran las condiciones higiénico-sanitarias; en
los primeros años del siglo XVII se realiza el corte de la calle
Maqueda (del nombre del virrey que lo promocionó). Las órdenes
religiosas acumulan riquezas y patrimonios inmensos, y se dedican a edificar
iglesias, conventos, oratorios, llamando célebres arquitectos,
pintores, escultores, decoradores y los mejores artesanos. La ciudad
se convierte en una cantera barroca, también porque los nobles,
con sus magníficos palacios, no quieren quedar atrás en
esta competición a la fastuosidad.
Pero Palermo sufre periódicas pestilencias y enfermedades, que
reducen su población; y si los nobles y el clero muestran opulencia,
el pueblo queda en la miseria. Las rebeliones populares – célebre
la de 1647 de Giuseppe Alessi – quedan sofocadas en sangre.
Cambiando los equilibrios políticos europeos, por un breve periodo
(1713-1718) se adjudica al Reino de Vittorio Amedeo de Saboya, luego
cae bajo la dominación de los Habsburgo (1718-1734) para pasar
finalmente, con el español Carlos III, bajo los Borbones, como
estado autónomo en el Reino de Nápoles.
La clase noble de los barones pasa por un periodo
de grandes riquezas y privilegios, construyendo suntuosos palacios
y villas de veraneo. Bajo
Fernando IV (1759-1825) el ilustrado virrey Caracciolo logra suprimir
el odioso Tribunal del Santo Oficio, y da comienzo a una serie de reformas
importantísimas que conciernen principalmente la fiscalidad y
la instrucción. Se agrava mientras tanto el contraste entre el
gobierno borbónico napolitano y la nobleza siciliana, a la que
se unen grupos de intelectuales y de la burguesía. Bajo la influencia
de la Revolución francesa se concede en 1812 una reforma constitucional,
pero dos años después la Corte Napolitana convierte a Sicilia
en una provincia del Reino y le nombra un lugarteniente.
La lucha queda declarada, y esta vez Palermo unida
da lugar a las rebeliones populares: primero en 1820 y luego en 1848,
cuando da comienzo a los
motines revolucionarios en toda Europa contra los regímenes absolutistas.
En 1860 Giuseppe Garibaldi – apoyado por el Piamonte de Cavour
y por Inglaterra – desembarca con sus mil voluntarios en Marsala,
derrota a las tropas borbónicas y triunfa en Palermo, realizando
de hecho la unidad de Italia.
En el nuevo Estado nacional Palermo, después de medio siglo de
abandono, cura poco a poco sus heridas; se forma una burguesía
mercantil con una tímida actividad industrial; la ciudad se extiende
más allá del centro histórico, nacen nuevos barrios,
se realiza el corte de la calle Roma programado por el plano regulador
Giarrusso; siguiendo el ejemplo de las grandes capitales europeas se
edifican dos grandes teatros, el Politeama y el Massimo. Es la época
de la familia Florio, empresarios ilustrados que fomentan el comercio,
la cultura, las artes; gracias a ellos en los primeros veinte años
del siglo XX Palermo atraviesa una época de desarrollo, llegando
a ser estación climática célebre en toda Europa.
De fundamental importancia en este renacimiento es la obra de Ernesto
Basile alrededor del que se reúnen artistas y artesanos de alto
nivel, que dan lugar a la breve época del Liberty. Profundamente
herida en su red urbana por las bombas de la segunda guerra mundial,
Palermo en 1947 con la Autonomía de Sicilia queda sede del Gobierno
y de la Asamblea regional siciliana. |